Por Vanessa Cinto
Una tarde de invierno en Puebla- día
nublado por cierto-, a las dos de la tarde, un amigo y yo acordamos ir a
Cholula. Debido a que no contábamos con muchos recursos (dinero), no pudimos cholulear como
se debía. El remedio a nuestra sed: una botella de yolixpa recién llegada de la
sierra para el pequeño viaje que emprenderíamos. En el transcurso del camino,
bebimos cada quien dos sorbos de este “todopoderoso” para acompañar nuestra
travesía y recordar una película, Diarios de motocicleta, cuyo
viaje nos pareció fascinante ya que el protagonista de esta experiencia fue el
Ché Guevara que con su amigo Alberto Granado, viajaron por Sudamérica montados
en una motocicleta para conocer su gente, sus calles, pueblos, montañas…
Después de una hora llegamos. El clima
era frío, no había llovido aún, más en el aire el olor a lluvia o tierra mojada
ya se percibía. En las calles la gente caminaba con sosiego, pues era sábado a
la hora de la comida. Atravesamos los puestos de artesanías establecidos en la
plazuela de San Pedro Cholula. Daba la sensación de entrar en un laberinto
lleno de puestos de juguetes artesanales, carritos, tablas mágicas, etc.; de
ropa artesanal como huipiles, rebozos, quechquémitl; puestos de dulces
típicos, cohetes; algunos otros de ropa, gorros, y guantes; y puestos que
vendían productos hechos de miel, entre muchos otros.
Llegamos a la zona arqueológica,
decidimos subir a la iglesia (curioso lugar debido a que está encima de lo que
parece ser un cerro pero que en realidad resultar ser una pirámide) con
esfuerzo, cansancio y un breve descanso a la mitad del ascenso, consecuencia de
la poca actividad física de ambos. En este punto comencé a sentirme pequeña al
admirar el paisaje de la ciudad, se podían divisar unos cuantos cerros, techos,
paredes pintadas de naranja, amarillo, blanco (blanco opaco para ser
específicos) y gris. Tomamos otro trago de yolixpa para el cansancio y entrar
en calor, pues mientras más subíamos, el frío se sentía cada vez más.
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| Foto por Vanessa Cinto. Fachada del Santuario de los Remedios, Cholula, Pue. |
Continuamos el ascenso porque esa era
nuestra meta. Hubo un ligero sentimiento de victoria de ambos al llegar, sin
embargo, me decepcionó un poco notar que la iglesia fuera chica a comparación
de la altura en que estaba. Caminamos alrededor de la iglesia para admirar el
paisaje que nos brindaba: la ciudad salpicada de casas, edificios y árboles,
los colores que había notado más abajo, casi habían desparecido, el rojo de las
azoteas y el gris de las calles (color predominante en las ciudades) eran más
visibles. Desde ese punto… qué cerca estábamos de la ciudad de Puebla. Al
horizonte se divisaba la línea de cerros que la rodean, “es un cráter del
Popocatépetl” había leído semanas antes. En otro punto percibí la famosa Estrella
de Puebla y algunos edificios de la parte de Angelópolis. Ver hacia
abajo era mirar la mancha urbana en la que todos los días estamos inmersos.
Caminamos. Respiramos. Vivimos sin estar conscientes del hoyo negro compuesto
por moho, carros, luz eléctrica, desechos tóxicos y gente que espera un
milagro.
Miré al cielo, era como tocarlo. Eché
un vistazo del lado izquierdo, estaba cubierto de nubes (unas más blancas que
otras); más lejos, parecido a una cortina sucia, llovía. Del otro lado el cielo
era azul, de ese tono que solo aparece a las seis de la tarde, cuando el sol se
oculta poco a poco.
Quizá para sentirnos
útiles, quizá por tomar un camino diferente al de nuestra rutina (dirección
vertical no horizontal) fue que decidimos cambiar nuestro rumbo y el panorama,
cuyos temas son frecuentes en nuestras platicas. Descendimos de la pirámide con
esa sensación de satisfacción por haber hecho algo diferente a tareas,
trabajos… rutina en pocas palabras. El yolixpa todavía no se acababa, el frío
seguía, continuamos caminando por Cholula platicando de quién sabe cuántas
cosas y bebiendo hasta donde la botella nos permitiera.
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| Foto por Vanessa Cinto. Vista panorámica del Popocatepetl. |


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