martes, 14 de abril de 2015

De norte a sur, de este a oeste

Por Vanessa Cinto

Una tarde de invierno en Puebla- día nublado por cierto-, a las dos de la tarde, un amigo y yo acordamos ir a Cholula. Debido a que no contábamos con muchos recursos (dinero), no pudimos cholulear como se debía. El remedio a nuestra sed: una botella de yolixpa recién llegada de la sierra para el pequeño viaje que emprenderíamos. En el transcurso del camino, bebimos cada quien dos sorbos de este “todopoderoso” para acompañar nuestra travesía y recordar una película, Diarios de motocicleta, cuyo viaje nos pareció fascinante ya que el protagonista de esta experiencia fue el Ché Guevara que con su amigo Alberto Granado, viajaron por Sudamérica montados en una motocicleta para conocer su gente, sus calles, pueblos, montañas…
Después de una hora llegamos. El clima era frío, no había llovido aún, más en el aire el olor a lluvia o tierra mojada ya se percibía. En las calles la gente caminaba con sosiego, pues era sábado a la hora de la comida. Atravesamos los puestos de artesanías establecidos en la plazuela de San Pedro Cholula. Daba la sensación de entrar en un laberinto lleno de puestos de juguetes artesanales, carritos, tablas mágicas, etc.; de ropa artesanal como huipiles, rebozos,  quechquémitl; puestos de dulces típicos, cohetes; algunos otros de ropa, gorros, y guantes; y puestos que vendían productos hechos de miel, entre muchos otros.
Llegamos a la zona arqueológica, decidimos subir a la iglesia (curioso lugar debido a que está encima de lo que parece ser un cerro pero que en realidad resultar ser una pirámide) con esfuerzo, cansancio y un breve descanso a la mitad del ascenso, consecuencia de la poca actividad física de ambos. En este punto comencé a sentirme pequeña al admirar el paisaje de la ciudad, se podían divisar unos cuantos cerros, techos, paredes pintadas de naranja, amarillo, blanco (blanco opaco para ser específicos) y gris. Tomamos otro trago de yolixpa para el cansancio y entrar en calor, pues mientras más subíamos, el frío se sentía cada vez más.

Foto por Vanessa Cinto. Fachada del Santuario de los Remedios, Cholula, Pue. 


Continuamos el ascenso porque esa era nuestra meta. Hubo un ligero sentimiento de victoria de ambos al llegar, sin embargo, me decepcionó un poco notar que la iglesia fuera chica a comparación de la altura en que estaba. Caminamos alrededor de la iglesia para admirar el paisaje que nos brindaba: la ciudad salpicada de casas, edificios y árboles, los colores que había notado más abajo, casi habían desparecido, el rojo de las azoteas y el gris de las calles (color predominante en las ciudades) eran más visibles. Desde ese punto… qué cerca estábamos de la ciudad de Puebla. Al horizonte se divisaba la línea de cerros que la rodean, “es un cráter del Popocatépetl” había leído semanas antes. En otro punto percibí la famosa Estrella de Puebla y algunos edificios de la parte de Angelópolis. Ver hacia abajo era mirar la mancha urbana en la que todos los días estamos inmersos. Caminamos. Respiramos. Vivimos sin estar conscientes del hoyo negro compuesto por moho, carros, luz eléctrica, desechos tóxicos y gente que espera un milagro.
Miré al cielo, era como tocarlo. Eché un vistazo del lado izquierdo, estaba cubierto de nubes (unas más blancas que otras); más lejos, parecido a una cortina sucia, llovía. Del otro lado el cielo era azul, de ese tono que solo aparece a las seis de la tarde, cuando el sol se oculta poco a poco.
Quizá para sentirnos útiles, quizá por tomar un camino diferente al de nuestra rutina (dirección vertical no horizontal) fue que decidimos cambiar nuestro rumbo y el panorama, cuyos temas son frecuentes en nuestras platicas. Descendimos de la pirámide con esa sensación de satisfacción por haber hecho algo diferente a tareas, trabajos… rutina en pocas palabras. El yolixpa todavía no se acababa, el frío seguía, continuamos caminando por Cholula platicando de quién sabe cuántas cosas y bebiendo hasta donde la botella nos permitiera. 


Foto por Vanessa Cinto. Vista panorámica del Popocatepetl.

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